El quita pesares
Un hombre lleno de melancolía entró al Bar Betos por la madrugada. Se sentó como Carlos Slim o Fidel Castro pero sin dinero en una de las sillas en las que muy probablemente estuvieron; suspiró aquel aire de grandeza y pidió una cerveza, imaginando que salía detrás de una película dirigida por Manuel Esperón8.
Bebió dos o tres cervezas mientras escuchaba a los mariachis tocar canciones de despecho, y veía caer uno a uno a todos a su alrededor antes de levantarse indeciso para salir; pero terminó caminando hacia la barra, en donde pidió un trago grande y comenzó a hablar por primera vez en toda la noche.
─La he vuelto a ver, hacía mucho que no estaba tan cerca ─dijo el hombre fatigado con la cabeza agachada─ No le basta con que aún me desarme el recuerdo de sus besos ─y apretando fuerte los párpados me confesó─. La vi con su sonrisa agridulce, y sus ojos casi en blanco─. Se empinó entonces la bebida que le hizo arrugar la nariz y continuó─ Paulet y yo nos conocimos en una noche alborotada, aquí, en el Parían. El aire era espeso, todos bailaban despreocupados y apenas se volteaban a los ojos, excepto nosotros que nos encontramos─. Agregó mirando a la nada, como recordándose a ellos mismos ─. Tenía una mirada hermosa y una sonrisa excepcional.
Comenzamos a charlar y después de los días a salir. Jamás había sentido nada igual. Bastaba con su abrazo para quebrarme en mil partes y volver a armarme sin titubear, porque así era ella, ─un silencio le invadió y con voz más recia añadió─. Decidida.
Me enamoré. ─agregó sin más, ya con los ojos cristalinos─. Y supe que ella también de mí, cuando un buen día nos fundimos en un beso. Nuestras respiraciones se acariciaron, corrieron eufóricas sin encontrar salida aparente y estuvimos tan cerca, que el recuerdo sirvió para alumbrar los próximos días amargos.
En aquel punto, el hombre se dejó vencer en la barra y no continuó hasta luego de un par de minutos.
─Creía que la conocía bien, me había acogido en su hogar, al que le gustaba llamar su ser. Sin embargo, aquella morada era una galaxia entera, con puertas por doquier que nunca pude abrir. Así fue cómo de un momento a otro, me dejó, desapareció. Pero a los pocos días, no conseguí resistirme y fui a buscarla.
Al entrar a su habitación apenas la reconocí. Y esa misma escena se repite en mis sueños hasta ahora transmutándose en insomnio. ¿Cómo sacármela de la cabeza? ─me preguntó suplicando, y finalmente confesó.─ Al entrar, sus ojos estaban casi en blanco, había pastillas en su mano y la boca estaba llena de vómito, con una sonrisa agridulce de por medio.
Tenía una enfermedad sin remedio, nunca me lo contó, pero sé que sufría lo suficiente como para considerar arrebatarse la vida, porque así era ella, decidida.
El hombre al terminar la oración, me miró a los ojos y sin encontrar respuesta alguna, regresó la vista a la barra, se terminó el último trago que le serví, y antes de ponerse de pie para marcharse, torció la boca y agregó.
─Paulet siempre decía que quería ir a algún lugar y encontrarme ahí… y en algún lugar sigo esperándola, pero todos queremos muchas cosas, y tal vez su enfermedad la quería más que yo a ella.