Encantado
Las colas de rana para que el marido no se fijase en otra, y los hongos en caldo como método de limpia11, fueron olvidados en Tlaquepaque a través de los años, excepto por una mujer que se hizo de su fama precisamente por seguir con aquello de los menjurjes, cuyo poder, decían los que desesperados por sus dolencias habían acudido a ella, no se podía negar.
Fue entonces ese misticismo en sus pócimas lo que horrorizó a quienes estaban cerca de ella, hasta el día en que resultó enferma en 1918 por la epidemia de la influenza, también conocida como la gripe española12.
Su familia, sin otro remedio, cubrió el cuerpo en petates13 mientras aún agonizaba, para que fuese llevado en la carreta de la muerte, junto con otros cientos de cuerpos más que habían cedido ante la enfermedad y que a diario se recogían de las casas, entre tres o cuatro personas, una vez que la carroza tocaba a las puertas, como se había hecho costumbre hasta tres veces por día.
Probablemente la familia de aquella mujer no la escucharon quejarse aún entre los petates viejos, o ni si quiera lo intentaron, pero quien había llevado el cuerpo todavía tibio sobre los hombros y asistía como uno de los ayudantes en la parte trasera de la carreta, una vez que está había avanzado, no dejaba de escuchar extraños murmullos entre los cadáveres que más pronto que tarde pararían en la fosa, incluso estando vivos, y él lo sabía.
Entre aquellos pensamientos de culpa; los murmullos, que en un principio fueron tenues, comenzaron a aumentar al grado de ser casi insoportables, pues no hacían más que recordarle su lamentable labor, que si bien era necesario para no propagar la enfermedad, no encontraba cómo justificar.
Una vez que llegaron al sitio, cubriéndose sólo con un paliacate, aventaron los cuerpos a la fosa uno a uno. Se llenaron las manos de secreciones que estos les dejaban, y una vez recogidos los instrumentos, se limpiaron en sus ropas y se prepararon para consumarlo todo. Todo excepto los gritos de una mujer que perduraban más allá de unos cuantos quejidos.
Él sabía que se trataba de «la vieja bruja», como le llamaban. Y la culpa no hacía otra cosa que carcomerle el alma. Cualquiera habría notado su malestar, de no haber estado más intrigados por la repentina lluvia, que no haría más que arruinar su trabajo y dar comienzo al peor de los infiernos, al que la bruja había condenado a todos aquellos que alguna vez la despreciaron.
Una lluvia brava comenzó a mojarles las ropas, y sólo cuando sus pasos empezaron a dispersarse, se volvieron más lentos, sus cuerpos comenzaron a congelarse, y en las calles de San Pedro; quienes la conocían, también sintieron sus cuerpos congelarse hasta volverse rígidos y convertirse en bronce, como esculturas vivientes, que terminarían posando en la calle Independencia y Constitución, con el terror en la mirada grabada para las décadas por venir. Pero aun así, aquel día la bruja fue misericordiosa, porque les dio lluvia, para que así nadie los viera lamentarse cuando las lágrimas corrieran por sus mejillas frías. Nadie excepto aquel ayudante, que suficiente había llorado ya entonces.