La mojiganga 9

El día en que mi padre se casó, estuvo desde muy temprano alistando su vestido de novia; era uno bastante bonito, «con clase», decía mi madre, quien lo maquilló también y nos alistó para ir los tres a la fiesta.

Su marido era un hombre grande de mucho peso, casi parecía que si uno caminaba a su derecha, éste lo haría tambalear. Tal como a mi padre, que avanzaba a su lado y desencajaba perfecto. Un hombre menudo no muy alto, que por algo le decían “la mofa” a la mojiganga10 y a mí me encantaba.

Adultos y niños emprendíamos el camino tras de ellos. Éste trazaba una ruta por todas las carnicerías de San Pedro a las que llegaríamos con todo y banda, que tocaba desde el inicio de este hasta el final, y también un par de canciones afuera de cada local.

Cuando llegamos al nuestro, mi tío ya nos esperaba con tres botellas de tequila en la mano, pues al recibirnos tenía la obligación de entregar bebida, para que los participantes siguieran su camino del mismo modo que comenzaban.

Además de bailar con los novios canciones muy graciosas. A mi tío lo dejaron hecho un desastre; papá le tomó por delante y apretujó, le llenó de besos toda la cara dejándole casi la mitad del labial rojo que se había puesto. El otro, su pareja, lo agarró como trapo y aventó hacia arriba en varias ocasiones, donde sólo se vio volar su delantal blanco y un zapato.

El recorrido ni si quiera se sentía, es decir, tampoco era como si hubiera tiempo para pensar en estar cansado, a donde quiera que se mirase, verías a los hombres felices cantando con sus botellas en la mano y los sombreros de manta desalineados o cualquier otra cosa que atraería tu atención con facilidad. Si a uno acaso le pasaba algo por la mente cuando se distraía de vez en vez, era sólo para imaginar más bien los cortes de carne que se servirían en la comida próxima una vez terminado el recorrido.

Después, acudíamos a la plaza de Toros del Centenario. Ahí en días casuales entrabas para ver una película que se reflejaba en manta blanca por medio de un proyector; aunque yo normalmente la veía de cabeza y desde afuera, por nunca ajustar el boleto. Pero eso no era problema este día, pues los dueños de los locales regalaban las entradas con anterioridad para que su clientela pudiera ir a verlos, al menos a los más grandes y pesados, poniéndose puños de paja alrededor del cuerpo hasta hacer una especie de escudo,  que los protegiera para el momento en que se ponían de frente al toro y este se les aventase, sin causar daño alguno.  

Siempre nos divertíamos ahí, nunca hubo riñas entre ellos o problemas, en realidad eran tiempos diferentes, me refiero, tiempos en donde tu papá borracho va a las doce de la noche a tu cama para conversar de lo increíble que fue la fiesta, y confesarte incluso que nunca se había divertido tanto, ni siquiera en su verdadera boda.

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