Los túneles

Sentada a la orilla de la cama, con los pies descalzos, apenas unos centímetros por encima del suelo, Elena miraba con fijeza la puerta entre la penumbra, buscando la manera de tomar valor de su fría habitación.

Pocos fueron los minutos que pasaron cuando al fin se levantó, abrió la puerta en un estremecedor crujido, y sin titubear, comenzó la eterna carrera por los amplios pasillos.  De ellos sólo distinguía apáticos candelabros, colgados de los techos altos y ceñidos de arcos, que se extendían hasta unos pilares todos iguales, uno tras otro, haciéndole sentir a cada paso como si no se moviera.

Pronto dio vuelta a la derecha hacia el que sería un bello jardín que, a aquellas horas de la madrugada, no hacía más que aterrarla. Tropezó, un dolor agudo en las rodillas repletas de tierra le avisaron que se había lastimado, pero eso tampoco la detendría. Se puso de pie con las extremidades entumecidas, y esa misma sensación se le extendió por todo el cuerpo cuando volvió la cabeza hacia atrás, sólo para confirmar lo deprisa que se prendían las luces tras ella, buscándola y multiplicándose en todas partes a su alrededor por el reflejo de los ventanales que posteriormente eran azotados con fuerza al abrirse, como los azotes que más tarde le darían.

Luego del jardín, pasó a una habitación vacía con una gran cúpula, por donde llegó después al patio San Pedro en donde se quedó perpleja a mitad del mismo, mirando a todos lados apresurada con los ojos grandes bien abiertos, ciegos por la noche y el cabello enmarañado.

Las voces que la buscaban llenas de ira gritando su nombre le retumbaban en los oídos, sentía su cuerpo entero palpitar y una presión recia en las cienes. Debía darse prisa, corrió a unas escaleras de metal que allí había, debajo de ellas se venció en el suelo. El vientre todavía le dolía y comenzó a palpar cual demente, buscando quien sabe qué, con la frente sudándole, y las uñas negras y largas rascando desorientadas hasta dar con una puertecilla.  Al fin la tenía, la tenía en sus manos, haló de ésta, usando las fuerzas que ya creía inexistentes, pero no funcionó. Trató otra vez…

¡Elena…! gritó una de las monjas con fiereza.

Se abrió la tapa, su oscuridad le estremeció y un aire frio con olor a muerte que de ahí emanó le hizo retroceder. Pero sabía que él estaba ahí, lo presentía, en los túneles. ¿Con qué otro fin estaría ahí? Y sin pensarlo más entonces, la puertecilla se cerró de un golpe.

Tirada en el suelo y con el agua mojándole las ropas se quedó inerte un tiempo que desconocía, aunque ni si quiera se lo preguntó, pues el dolor en las costillas era insoportable. Parecía tener una fractura en el cuello, o al menos no era capaz de volverlo a la izquierda. Tampoco podía distinguir nada, fuera del musgo entre los dedos de sus pies. Sin embargo, pudo levantarse.

¿Dónde lo han metido? Se preguntó, mientras caminaba con los brazos por delante, palpando todo a su paso.

Su niño. Debía estar ahí, en alguna parte.

Los túneles no pueden llegar demasiado lejos . Pensaba para tranquilizarse.

Eran túneles estrechos construidos por cristeros y, en efecto, destruidos por el tiempo. No muy altos tampoco, pero lo suficiente como para matarla en la caída. La pobre mujer, al igual que su hijo, estaba muerta, o por lo menos delirando que se ponía de pie, con el fin de seguir su intrépida hazaña, mientras las monjas la miraban desde el patio a través de la puertecilla y alumbraban su cuerpo inerte sólo para cerciorarse que se trataba de ella, que nunca encontró a su bebé.

Pues si tan sólo se hubiese preguntado antes, sobre aquella anchura absurda en las frías paredes de El Refugio2, habría sabido que su niño, y quien sabe que más, estaban ahí descansando más cerca de lo que creía. Tan afortunados y tan despistados.

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