Pedradas certeras 5

Al levantarse el Coronel de su silla confrontando a Remington, el tiempo se detuvo alrededor. Pero Remington, no vio en su mirada furiosa otra cosa más que al niño robusto de la clase, que de joven le molestaba desde otro extremo del patio. El Coronel entonces, echó un vistazo delatador a la funda de su arma, y apenas regresó la mirada, ya le apuntaba en el entrecejo a Remington.

Tras el estruendo al presionarse el gatillo y la bala cruzar el salón hasta Remington, los estrepitosos gritos abandonaron las bocas enmudecidas de todos. El golpe del disparo le había zarandeado el cuerpo llevándolo hacia atrás, y al rebotar su cabeza contra el suelo, la silla crujió, haciendo más aparatosa su caída.

¡Ya mataron al Remington!6 gritó alguien con voz alarmada al fondo.

Pues, quién iba imaginarse que aquel ataviado charro jalisciense, afortunado apostador y pistolero, apenas un día antes, se encontraría jugando baraja con el mismo Coronel Villista que le dispararía, a causa de unos cuantos puntos en el billa.

Durante el juego se disputaban los dos el honor, pero a mitad de éste, Remington hizo una serie de nueve carambolas de tres bandas; lo que no significaba otra cosa más que la victoria. El Coronel, al ver que se anotaba eso mismo, le reclamó asegurando que se trataba de ocho y no de nueve.

Fueron nueve, que son las que me anoto . Interpuso Remington con seguridad.

¡llate! Replicó el Coronel alzando la voz. ¡Lo que pasa es que nunca has jugado con hombres!

Pues tiene usted razón, sonrió Remington ladino hasta ahora no he jugado con los hombres.

Fue así como siguió lo demás. Pero a Remington no le palideció el rostro ni un poco.  Pues aún tumbado al costado de la mesa, se hallaba ileso. Luego de decidir caer con artimaña en su silla para evadir el disparo, una vez reveladas las intenciones del Coronel.

En medio del asombro Remington se puso de pie, al mismo tiempo que el otro buscaba el modo de salir, igual que el brabucón.  Pero Remington sujetó su revólver con firmeza, tal como las piedras de niño; y mientras se acercaba al Coronel, se recordó bajo el calor de aquellos tiempos, lanzando pedradas tan certeras que sus compañeros al verle dijeron, «caray, ¡éste parece el Remington!». 7

Una sonrisa se asomó por sus labios, casi podía volver a escucharlos en el eco del disparo; pues aunque habían pasado ya más de veinte años, Remington seguía honrando su nombre.

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