En busca de tu nombre

Cuando viajas sientes una conexión extraña con la gente que conoces en el camino, de pronto las personas a tu alrededor se vuelven muy íntimas. Puede que se deba a la sensación de estar lejos de casa lo que, desesperados, nos hace abrirnos con otros buscando esa calidez.  O quizá estamos demasiado sensibles por las despedidas extrañas que tenemos todos los días, cuando no sabes si volverás a ver a tu amigo que recién conociste de la nada, pero con quien vives una de las experiencias que probablemente esperaste por años. La incertidumbre en estas situaciones es algo que mueve a cualquiera, pero es una incertidumbre de esas que no duelen, no de las que no dejan dormir, sino de la que acompaña la melancolía.

Así conocí a mi amigo, en el camino de Santiago, cuando yo estaba perdido, él me enseñó que el hogar no es donde están tus recuerdos, sino donde alguien todavía sabe tu nombre, incluso cuando ese alguien seas tú mismo.

Ahora no estoy seguro si recordará mi nombre o si llegará a ver esta historia en algún lugar y será capaz de entender que le debo toda la inspiración para escribir estas líneas. Su cerebro había sufrido una complicación al no estar lo suficiente oxigenado, perdió la memoria cuando tenía cincuenta y cinco años, su trabajo y eventualmente su matrimonio también, no me atrevo a decir que por el mismo motivo. Pero aun así la forma en la que hablaba te provocaba querer cuidarle, incluso aunque me doblara la edad. Al parecer su alma no había olvidado como ser amable.

Sin embargo, aparentemente el ser humano solo es un montón de recuerdos y experiencias, puede que haya algo que nos llama en los genes, que moldea nuestra personalidad y dirige nuestras decisiones, pero no dejamos de ser la consecuencia de lo que nos rodea, y sin ellos ¿que nos queda? Hambre, incomodidad, confusión.

Nuestro cuerpo se vuelve de pronto un cascaron extraño y haberlo visto a él así en ocasiones hace que me sienta un poco mal, yo regreso a casa con mamá y mis seres queridos, él en cambio, sigue adelante. Pero creo que de eso se trata la vida, de seguir adelante y benditos aquellos que encuentran su lugar, mientras tanto, uno debe empacar su historia en la mochila —tal como él hacía—, hasta descubrir su finisterre.

Para mi amigo, que anotó mi nombre en una libreta color café que guarda en una cangurera con una calcomanía graciosa de un programa turco que le gusta mucho. Si su memoria vuelve a fallar, que el mundo guarde un pedazo de quien fue aquel día en Santiago, porque somos lo que entregamos en el presente y la huella que dejamos en las personas del camino.


Denunciar uso impropio Más información