La ruleta de la muerte

—¿Es usted mayor de edad? —preguntó una voz en la televisión que, de pronto, se había puesto negra.

—Sí —asintió Alberto, burlándose.

—Entonces encuentre su fecha de nacimiento aquí.

Una ruleta apareció en medio de la pantalla con los números del 1 al 31. Nosotros soltamos los controles del Xbox y nos acercamos para ver mejor. Nuestros cumpleaños: 7 y 10, ambos del mes de diciembre.

—¿Están listos? —preguntó la voz de un hombre burlesco.

De madrugada, cuando solíamos desvelarnos jugando luego de terminar todos nuestros deberes, era común ver aquellos programas de llamadas de dudosa procedencia, de gente tratando de adivinar la palabra secreta. Sin embargo, esto era diferente. La colorida rueda giró rápido durante varios minutos hasta que se detuvo en el número 25.

—Usted será asfixiado el día de hoy —sentenció el hombre.

Posteriormente, unas risas de fondo, como de un programa de comedía, comenzaron a escucharse mientras el locutor repetía la misma frase una y otra vez, hasta que la pantalla se apagó. Sin entender realmente qué pasaba, ni ánimos de hacerlo, dejamos la consola y nos fuimos a dormir.

Al día siguiente, mientras desayunábamos antes de irnos a la universidad, mirábamos las noticias. Un hombre había sido encontrado ahorcado en mitad de una plaza importante. Ambos nos miramos; sentimos el cuerpo helarse y apagamos la televisión rápidamente, con la intención de actuar como si nunca hubiéramos visto nada, intentando escondernos de lo que acababa de ocurrir.

—¿Sabes cuánta gente muere al día? —le dije a Alberto mientras ponía el candado en la puerta principal de la casa—. Cientos. ¿Sabes cuántos mueren ahorcados? Cientos también. No es una novedad, es una coincidencia. Cálmate.

Del tema no se volvió a hablar hasta el siguiente fin de semana cuando, agobiados por todas las tareas del hogar y las asignaturas, nos detuvimos a jugar. Íbamos hacia la mitad de la partida cuando la pantalla se puso negra otra vez.

—¿Eres mayor de edad?

Alberto gritó del susto:

—No, no, no... ¡Apágalo, Daniela! ¡Apágalo! No quiero saber, no quiero escucharlo.

Presioné el botón rápidamente, pero el televisor no cedía.

—¡Daniela, apágalo! —me gritó él—. ¡Voy a tirar la puta tele!

—Mamá te matará primero —respondí.

—¿Están listos? —preguntó el hombre en la tele.

La ruleta giraba y comenzó a detenerse en el 8... 9... 13.

—Usted morirá ahogado hoy.

Las risas volvieron a estallar. Solo entonces el televisor se apagó tras mostrar el ruido en la pantalla.

¿Qué era todo ese ruido? —cuestionó mi madre con un tono plano, al entrar por la puerta a las 3 de la mañana, ignorando el llanto de Alberto como si fuera ruido blanco—Daniela, tu única responsabilidad es mantener la casa en pie y tienes esto hecho un desastre. Levanta a tu hermano del suelo, métanse a su cuarto y no me molesten.

—Sí —cedimos al unísono y nos fuimos pronto a nuestros cuartos.

Mamá había dicho que yo era la responsable de la casa, y esa frase me carcomía el alma todas las noches. Queríamos creer que aquel programa era una clase de broma, pero al día siguiente, otro hombre apareció muerto: ahogado en el mar. Los incidentes aparecían cada mañana en el noticiero; eran tantos que parecían ser solo muertes casuales, genéricas diría yo, sin embargo, la duda persistía: ¿Y si al haber visto el programa ya estábamos dentro del juego? ¿Y si salía nuestra fecha y no lo sabíamos? Quizá estábamos destinados a morir sin oportunidad de defendernos.

La razón comenzaba a carcomernos. Durante el día, yo despertaba muy temprano para estudiar; estaba un poco más acostumbrada, pero era el primer año para Alberto y la presión lo estaba superando. Luego cocinábamos, dos días por semana él, los demás yo. La casa debía estar limpia para cuando mamá llegara. Nuestro tiempo libre se destinaba al trabajo de medio tiempo que habíamos conseguido en el restaurante para ayudar con los gastos, y cuando simplemente queríamos olvidarnos de todo, nos encontrábamos en el sofá. Pero, sin importar cuán ocupados o cansados estuviéramos, ese programa buscaba en nuestra mente una grieta por la cual escabullirse y recordarnos si estábamos listos para la noche, porque la ruleta giraría.

Así fue como decidimos encender la televisión apenas se hicieron las tres de la mañana. Se había convertido en nuestro ritual a causa del miedo a perdernos una transmisión.

El programa era el mismo. Pasamos saliva. La rueda giró y se detuvo en el 7.

—Usted será asfixiado el día de hoy —gritaba el locutor entre risas, como siempre.

—Daniela... —fue lo único que Alberto pudo articular.

Comenzó a llorar; se echó hacia atrás chocando con el sofá. Vi sus dedos queriendo aferrarse al suelo por el terror; el aire comenzó a faltarle y se hizo bolita, llorando con fuerza. Yo estaba intacta, en shock, tratando de pensar con frialdad. Siempre lo había hecho, en una casa donde no estaban permitidos los errores, derrumbarse no servía de nada. Además, ¿cuáles eran las probabilidades? Podía ser el 7 de cualquier mes. ¿Por qué tendría que ser él?

Al día siguiente el televisor marcó el número 18 y Alberto pudo respirar, pero tras una semana el número 7 volvió a repetirse. Se repitió tres veces en total. En mi cabeza solo escuchaba moverse el péndulo de un reloj viejo todos los días, como el incesante recordatorio de que la amenaza podría cumplirse en cualquier momento.

...


Una madrugada, los ladridos frenéticos de nuestro perro, Espuma, me despertaron de golpe. Mamá ya estaba borracha, sumida en un sueño profundo del que nada podía levantarla, así que tomé un palo de escoba y bajé cautelosa las escaleras. El estómago se me revolvió al escuchar la maldita voz proviniendo de la sala.

—¿Están listos? Usted será atropellado el día de hoy.

Miré la pantalla, el número era el 23. Por un segundo sentí un alivio egoísta porque no era el 7 ni el 10. Pero entonces mis ojos subieron por encima del resplandor azul de la televisión, para ver unos pies balanceándose suavemente.

Alberto, que ahora lucía cinco kilos más delgado y con las cuencas de los ojos hundidas por el insomnio, había perdido la paciencia antes de que el programa siquiera empezara. Se había colgado en medio de la sala. El número había cambiado de nuevo, pero él ya no estaba ahí para saberlo.

Las risas grabadas del programa estallaron de nuevo. Los ladridos del perro y la estática inundaron el silencio de la casa. No había más razones para pretender ser fuerte. Lo había perdido todo, caí en llanto de rodillas.

"Eres responsable de lo que pasa en esta casa", repetía la voz de mi madre en mi cabeza. ¿Cómo iba a explicarle que todo había sido mi culpa?

El día del funeral fue la única noche donde no velé el programa. Estuve ahí el resto de ellos, no iba a dejar que me tomara por sorpresa a mí también. Los números siguieron pasando en las noches siguientes. Finalmente llegó el 10. Se repitió doce veces. Cerré los ojos, esperé el impacto, la cuerda o el agua, pero nada pasó.

No estaba lo suficientemente rota para perder contra mi propia mente, y así me quedé sentada frente a la estática, sola, riéndome con mi amarga victoria.


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