La vida debería ser al revés
Mi primera cama era asfixiante, a mi medida, estrecha como la mayoría de los ataúdes, pero eso sí, muy cómoda. Supongo que perdí la conciencia allí dentro. Desperté en una habitación de sábanas blancas, rodeado de enfermeras atentas a cualquier movimiento que hiciera. Con el tiempo, mi salud mejoró. Poco a poco, mientras mi espalda se enderezaba y la rigidez abandonaba mis articulaciones, aprendí a lidiar con los recuerdos de la muerte. Eran confusos; traían imágenes fragmentadas entre pestañeos, pero el amor que me enseñaron a dar y recibir me ayudó a sanar las heridas.
Solo entonces se me permitió salir del asilo. Con una pensión suficiente para vivir de lo mejor, decidí dedicarme a estudiar. Elegir no fue difícil, era un hombre mayor de ideales claros y conservaba un gusto marcado por la geometría y la arquitectura desde mis días de encierro. Así terminé la carrera y, cuando fui más joven, viajé. En mi trabajo creé muchas cosas, y en mi tiempo libre me aventuré a probar otras nuevas hasta que aquella rigidez física del principio se había quedado atrás, al igual que las arrugas de mi piel.
También cometí un montón de errores. Me desbarranqué un poco, el acné brotó en mi cara y los nuevos cambios hormonales me volvieron loco. Pero cada vez me ponía más feliz. El tiempo dejó de pasar rápido, los días se volvieron lentos y sencillos. Pronto habría que hacerme de unos padres, dos extraños que cuidarían de mí lo que me quedara de vida. Conocerlos era mi mayor motivación.
Mis memorias, sin embargo, comenzaron a diluirse. La vida se volvió estúpida, sin lógica, puramente banal. Terminé llorando por todo, por el recuerdo difuso de los buenos días, la primera vez que vi la lluvia y por la herida de bala en mi cabeza que, aunque sanó, nunca oculté, pues seguía siendo el único recordatorio físico de cómo había empezado todo este absurdo que terminaría conmigo en un deseo ciego de placer ajeno, reduciéndome a una célula y estallando en un orgasmo.